Cuarto creciente
Mi mujer me ha puesto el plato de sardinas sobre la silla. Aunque me empine, ya no tengo altura ni fuerza para llegar a la mesa. Siempre me hace sardinas, cree que me gustan tanto que no dejo ni las raspas. Pero hoy tampoco podré a comerlas. Tengo que escoger entre alimentarme o salvar el pellejo, porque en la mirada de mi gato observo que él también está ante un dilema.
Trastos viejos
Con el paso del tiempo vamos oliendo a mondas. Y calzamos zapatillas de paño para no incomodarlos al arrastrar los pies por el suelo. Y buscamos los rincones de esa parte de la casa que apenas se visita; allí, a solas, comemos sopita casi siempre fría y pescado hervido. Como hasta el día siguiente nadie retirará el plato, nos entretenemos tallando figuras en las raspas. El resto del tiempo dormitamos o repasamos caras y anécdotas comenzando por el principio, no vaya a ser que se nos olvide alguno; pero se difuminan más deprisa de lo que somos capaces de recordar.
Y todo huele cada vez más a mondas. Hasta que un día ya no lo aguantan más y piden plaza en esas “residencias tan buenas” que después nunca visitarán. Y por mucho que nos encojamos para pasar desapercibidos en nuestra propia casa, por mucho que nos retiremos, siempre uno de ellos gritará ¡En el desván! ¡Está en el desván!*
* (Frase final tomada de El libro de las leyendas urbanas, los bulos y los rumores maliciosos, de Tomás Hijo / pág. 270)
