Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

(Andrés Neuman)

Joan



Cuarto creciente

Mi mujer me ha puesto el plato de sardinas sobre la silla. Aunque me empine, ya no tengo altura ni fuerza para llegar a la mesa. Siempre me hace sardinas, cree que me gustan tanto que no dejo ni las raspas. Pero hoy tampoco podré a comerlas. Tengo que escoger entre alimentarme o salvar el pellejo, porque en la mirada de mi gato observo que él también está ante un dilema.


Trastos viejos


Con el paso del tiempo vamos oliendo a mondas. Y calzamos zapatillas de paño para no incomodarlos al arrastrar los pies por el suelo. Y buscamos los rincones de esa parte de la casa que apenas se visita; allí, a solas, comemos sopita casi siempre fría y pescado hervido. Como hasta el día siguiente nadie retirará el plato, nos entretenemos tallando figuras en las raspas. El resto del tiempo dormitamos o repasamos caras y anécdotas comenzando por el principio, no vaya a ser que se nos olvide alguno; pero se difuminan más deprisa de lo que somos capaces de recordar.
Y todo huele cada vez más a mondas. Hasta que un día ya no lo aguantan más y piden plaza en esas “residencias tan buenas” que después nunca visitarán. Y por mucho que nos encojamos para pasar desapercibidos en nuestra propia casa, por mucho que nos retiremos, siempre uno de ellos gritará ¡En el desván! ¡Está en el desván!*
* (Frase final tomada de El libro de las leyendas urbanas, los bulos y los rumores maliciosos, de Tomás Hijo / pág. 270)