Cirugía
Todos esperábamos en círculo alrededor del enfermo. Ni siquiera yo conseguía disimular el nerviosismo, cuando empezó a moverse sobre la camilla y abrió los ojos.
−¿Qué tal se encuentra? −le pregunté.
−Bien −contestó.
Le costaba hablar. Parecía que aún no se le había pasado del todo el efecto de la anestesia.
−¿Está seguro?
−Sí, supongo. ¿Por qué lo pregunta, doctor? ¿Ocurre algo−preguntó.
−No, no. Usted descanse.
Me alejé de la camilla, salí del cuarto, recorrí a un buen ritmo el pasillo y entré en el quirófano. La enfermera todavía sujetaba con las dos manos un corazón que continuaba latiendo.
−Puede tirarlo, señorita.
−¿Entonces, no era suyo? −preguntó.
−No lo sé, señorita. No lo sé.
Ante el espejo
Lo veía envejecer poco a poco. Primero fueron las marcas de expresión, que con el tiempo se convirtieron en arrugas. Después las canas en las sienes y la frente despejada. Mañana tras mañana lo tenía ahí delante, mirándole con cara de asco.
Cuando ya no pudo soportarlo más, le retó a un duelo con pistolas antiguas de bala única. Darían diez pasos y después se girarían. Un par de pasos antes del final escuchó el disparo.
