Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

(Andrés Neuman)

Xuan



Cirugía


Todos esperábamos en círculo alrededor del enfermo. Ni siquiera yo conseguía disimular el nerviosismo, cuando empezó a moverse sobre la camilla y abrió los ojos.
−¿Qué tal se encuentra? −le pregunté.
−Bien −contestó.
Le costaba hablar. Parecía que aún no se le había pasado del todo el efecto de la anestesia.
−¿Está seguro?
−Sí, supongo. ¿Por qué lo pregunta, doctor? ¿Ocurre algo−preguntó.
−No, no. Usted descanse.
Me alejé de la camilla, salí del cuarto, recorrí a un buen ritmo el pasillo y entré en el quirófano. La enfermera todavía sujetaba con las dos manos un corazón que continuaba latiendo.
−Puede tirarlo, señorita.
−¿Entonces, no era suyo? −preguntó.
−No lo sé, señorita. No lo sé.


Ante el espejo

Lo veía envejecer poco a poco. Primero fueron las marcas de expresión, que con el tiempo se convirtieron en arrugas. Después las canas en las sienes y la frente despejada. Mañana tras mañana lo tenía ahí delante, mirándole con cara de asco.
Cuando ya no pudo soportarlo más, le retó a un duelo con pistolas antiguas de bala única. Darían diez pasos y después se girarían. Un par de pasos antes del final escuchó el disparo.