Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

(Andrés Neuman)

Joan



Cuarto creciente

Mi mujer me ha puesto el plato de sardinas sobre la silla. Aunque me empine, ya no tengo altura ni fuerza para llegar a la mesa. Siempre me hace sardinas, cree que me gustan tanto que no dejo ni las raspas. Pero hoy tampoco podré a comerlas. Tengo que escoger entre alimentarme o salvar el pellejo, porque en la mirada de mi gato observo que él también está ante un dilema.


Trastos viejos


Con el paso del tiempo vamos oliendo a mondas. Y calzamos zapatillas de paño para no incomodarlos al arrastrar los pies por el suelo. Y buscamos los rincones de esa parte de la casa que apenas se visita; allí, a solas, comemos sopita casi siempre fría y pescado hervido. Como hasta el día siguiente nadie retirará el plato, nos entretenemos tallando figuras en las raspas. El resto del tiempo dormitamos o repasamos caras y anécdotas comenzando por el principio, no vaya a ser que se nos olvide alguno; pero se difuminan más deprisa de lo que somos capaces de recordar.
Y todo huele cada vez más a mondas. Hasta que un día ya no lo aguantan más y piden plaza en esas “residencias tan buenas” que después nunca visitarán. Y por mucho que nos encojamos para pasar desapercibidos en nuestra propia casa, por mucho que nos retiremos, siempre uno de ellos gritará ¡En el desván! ¡Está en el desván!*
* (Frase final tomada de El libro de las leyendas urbanas, los bulos y los rumores maliciosos, de Tomás Hijo / pág. 270)

Caperata




Bárbaros


—Senado y pueblo de Roma: queremos ser claros desde el principio; hemos venido a invadirlos. No olvidamos que son un gran imperio, inexpugnable hasta ahora, pero nuestros avances en el campo de la ciencia dan sus frutos y las investigaciones están en un punto crítico. Es el momento de llevar la teoría a la praxis. —El orador miró a su único acompañante al tiempo que prosiguió solemnemente—: Hérulo Odoano, proceda a conectar los pecés y deje que se expanda el virus.

La atronadora carcajada que se escuchó hizo temblar las columnas del foro.

La infancia a la vuelta de la esquina

Te daré de comer si me cuentas una historia. ¿Si te cuento una historia comeré? Desde luego; comerás. "Cuentan de un viajero que atravesó el mar..." Espera, cuéntame otra.

Qué bien huele, quisiera probar.
No, primero el cuento. "Hace muchos años contábame una sirena..." No sigas, ya sé cual es el final.
Voy a contarte algo que no sabes. "Una anciana gruñona que vive en esta casa prepara exquisitas comidas, y su marido, que también es muy viejo, no sabe contar historias, pero está hambriento y agotado".
Ahora sí; cómete esta cucharada.


Tierraluna



El juego

La figura de la mansión se hacía visible cada vez que la luz de un rayo iluminaba el cielo. Los invitados empezaban a aburrirse cuando se apagaron las luces y en el jardín se escuchó un disparo. Alguien encendió la lámpara y todos salieron precipitadamente al jardín. Un cuerpo sin vida yacía tendido en el suelo.
—¡Llamemos al inspector!
—¡Sí, qué divertido! —dijo una mujer rubia con un collar de perlas.
—Ahora es cuando empieza lo bueno —añadió un hombre con siniestra sonrisa mientras marcaba un número al teléfono.
—¿Inspector?
—Ya era hora —se escuchó al otro lado del hilo telefónico.



Pasos

La adolescente miró por la ventana de su cuarto, cogió papel y bolígrafo y escribió sobre la soledad, los chicos, la libertad, el amor. Pero pasaron los años y ella continuaba allí, quieta, entre las paredes de su cuarto, escribiendo.



Papila


Avel avel ken kele al bebé


Desde los primeros sonidos que escuchó, supo que en su tercera reencarnación tendría que aguantar de nuevo a un ejército de imbéciles.



La Ley del Talón

"Un hombre dijo ¡Ar! y cien mil pares de botas dieron un solo golpe de talón".




Señorita Pérez



Autopsia de un suicida

En mis planes de un perfecto embalsamado, no contaba con que el forense fuera el ex-marido de mi mujer. Tiene en sus ojos la misma expresión que tenía la noche en que nos pilló en su cama y ahora, además, maneja el bisturí con rabia.


Crimen perfecto

Su padre quiso que fuera militar pero él, después de sufrir durante dos años la humillante disciplina castrense, optó por ser investigador privado. Su primer caso fue indagar el asesinato de su antiguo sargento. Lo aceptó por compromiso. Se sabía incapaz de completar una investigación policial en la que no constaba que él fue la última persona que vio al fallecido con vida.




Xuan



Cirugía


Todos esperábamos en círculo alrededor del enfermo. Ni siquiera yo conseguía disimular el nerviosismo, cuando empezó a moverse sobre la camilla y abrió los ojos.
−¿Qué tal se encuentra? −le pregunté.
−Bien −contestó.
Le costaba hablar. Parecía que aún no se le había pasado del todo el efecto de la anestesia.
−¿Está seguro?
−Sí, supongo. ¿Por qué lo pregunta, doctor? ¿Ocurre algo−preguntó.
−No, no. Usted descanse.
Me alejé de la camilla, salí del cuarto, recorrí a un buen ritmo el pasillo y entré en el quirófano. La enfermera todavía sujetaba con las dos manos un corazón que continuaba latiendo.
−Puede tirarlo, señorita.
−¿Entonces, no era suyo? −preguntó.
−No lo sé, señorita. No lo sé.


Ante el espejo

Lo veía envejecer poco a poco. Primero fueron las marcas de expresión, que con el tiempo se convirtieron en arrugas. Después las canas en las sienes y la frente despejada. Mañana tras mañana lo tenía ahí delante, mirándole con cara de asco.
Cuando ya no pudo soportarlo más, le retó a un duelo con pistolas antiguas de bala única. Darían diez pasos y después se girarían. Un par de pasos antes del final escuchó el disparo.



Pasteur




A que no te atreves

Sujetó la raspa entre el índice y el pulgar. Aún quedaba carne adherida pero venció la náusea. Su lengua tropezó con el filo aguzado de la espina y sintió el corte limpio y el sabor dulce de su sangre. Por fin llegó a la temida bilis, que llenó su boca de amargura. Delante estaban la carne roja e intacta y la piel brillante y salada. La lamió a contrapelo para despegar las escamas que lanzó una a una por su boca. La observó con tristeza hasta que dejó de moverse.
-Quieta, bonita, quieta -le susurró mientras le improvisaba con las manos una pecera. Era una hermosa sardina, pero le desenganchó el anzuelo, la lanzó al mar y devolvió el billete a las manos de su amigo.
-Tú ganas, galán, -le dijo- no soporto el pescado crudo.


Imitación de Cristo
(En edición, para amas de casa, resumida en tres pasos)

Caminar, a paso lento, sobre las aguas heladas del río para lavar la ropa o las tripas del cerdo.
Abrirse paso entre una maraña de objetos arrojados al suelo y sacarle, con sólo mirarlo, los demonios del cuerpo al hijo enrabietado.
Resolver, a paso ligero, el problema de tener cuatro bocadillos de sardinas para sus hijos y que el pequeño se presente de improviso con cinco amigos a merendar.

Nie-X





La incineración

Catalino poseía el don de sanar a las personas quemadas. Con un soplido sobre la piel, desaparecía el ardor y las lesiones curaban sin dejar cicatrices. Aquel día, el más triste de mi vida, lo llamé a causa de mi hijo. Catalino en un primer momento se negó, argumentando que su don no serviría en este caso. Mi llanto de madre desesperada lo convenció. Llegó al lugar en donde toda la familia esperaba desgarrada. Se inclinó sobre el cuerpo sin vida de mi niño, y sopló sobre su piel. Más tarde, marchábamos todos en procesión, yo iba delante llevando la urna con las cenizas.


El artista

El niño había escuchado en la conversación de sus padres: “el mundo es un pañuelo”. Buscó uno blanco y lo pintó, se sumergió en sus aguas, nadó hasta el continente, allí conoció a su pareja, dibujó una casa, compartió su mundo y, ya anciano, lo encontró la muerte.
Los padres no dejan de buscarlo, removiendo cielo y tierra. En su habitación, sobre el escritorio, el pañuelo blanco.

Nagora




Insucesso


No la buscan ni encuentran su cuerpo semidesnudo bajo un árbol. No cierra los ojos ni un tajo limpio atraviesa, de lado a lado, su garganta. No se le acerca por detrás para acariciarle el cuello ni un escalofrío recorre todo su cuerpo. No le arranca la ropa con brutalidad ni percibe el dolor de las quemaduras en sus pechos. No siente su aliento obsceno en la boca ni la vergüenza de las embestidas. No la lleva al bosque oscuro y silencioso ni la paraliza el miedo al oír los pasos que, desde hace tiempo, la siguen entre las sombras.
Él sigue esperándola pero ella, sin saber por qué, decide volver a casa por un camino distinto al de siempre.



Cuento rodado


Sin darse cuenta, comenzó a seguir el rastro de piedrecitas blancas que había en el camino hasta dejar atrás las casas del pueblo, las huertas, los campos y el paisaje conocido. Había perdido la noción del tiempo y era noche cerrada cuando decidió sentarse en una piedra al borde del camino para descansar. Las piernas no le llegaban al suelo. Sorprendido comprobó que no era más grande que un dedo pulgar. Se levanto despacio y muerto de miedo se encaminó hacia el cuento.

Libelulame




Clase de botánica


Ella se espolvoreó los verticilios. Su perigonio cristalino estaba recubierto de nucela. Dos sinérgidas flanqueaban la ovocélula. El cormo forzó la plasmogamia, mediante la intermitente relamida del peonzo. Ante la apertura de las tecas, sintió hasta cuatro megásporas, provocando una fuerte neblina del plasmodio. El gladiolo embarrancó, en lo más cítrico de la apomixis. Zoosporas flageladas recorrieron su esclerocio. Así entró en el balido: ¡Talííííííía!.
Glucum, Glucum, Glucum.
Se fecundó la flor.


Rewind


Se besaron desnudos, tímidamente, contra el refrigerador. El se lanzó a introducir, con torpeza, sus senos en el sujetador. Ella le respondió subiéndole los calcetines hasta la rodilla y abrochando el botón de sus pantalones con nerviosismo, mientras que él ataba, uno por uno, todos los botones de su blusa. Después, de un tirón, subió la cremallera de su falda. Totalmente entregada al delirio, le incrustó, salvajemente, el jersey, el abrigo y una bufanda de cachemira. El la asió por las nalgas y a mordiscos, le introdujo las botas. Al abrir el paragüas, ella alcanzó el éxtasis. Él se desplomó al meter, dedo a dedo, las manos en los guantes.

Indecisa




Dulce cuento para lactantes con ortodoncia


Un sudor frío me paraliza. Miro hacia la entrada desde el obrador y compruebo la causa. Son ellos. Entran puntuales, como todos los años en la víspera del día de difuntos, a solicitar los pasteles de celebración. Sólo se trata de dos niños de cabeza descomunal y ojos somnolientos, seguidos de su mamá, una mujer de enormes pechos, que se me antojan la respuesta al porqué de la macrocefalia y el adormecimiento de sus vástagos.
Siempre me ha inquietado ver cómo ella conserva el volumen y la tersura de los senos, en tanto que su rostro envejece de forma constante y demoledora. Pero lo que me empuja al borde de la locura, son esos dos seres, inmutables desde que los ví por primera vez. Ayer se cumplieron treinta años.
Cada uno de noviembre, abro la pastelería con la incertidumbre de si será el último en que pueda seguir manteniendo mi ya deteriorada y frágil cordura.


Hora porno bis


Fugaz, la mirada de Juana es atrapada por Veneranda en el refectomaralgo.
Callalpico el monasterio y la noche penetra violando todo resquicio. Juana aguarda sigilenciosamente en la quietud de la celda. Al fin, bis a bis, arropadas en sendas camisolas de fustán. Veneranda toca aquellos labios carnosos con sus dedos, que se abren lamitándolos. Bocas que se buscan con lascivia, muslos que se enredan sobre el escuálido jergón. Palpitrotando, los pechos rozan entre sí, con los pezones como avanzadura. Besa la hermana el vientre incómalo de la novicia que se extremelaza. Acaso Veneranda indague en el monte en busca de una flor que le abra sus pétalos, mientras la lengua de Juana explora clítasis y simas insondables.
Mantis voraces, sin son en sus jadeos. Lésbicas y febriles se van en canales de flujo que las empinga. Que lamen en tanto las adormece. Que sueñan que las excita.
Cuerpos desnudos, exhaustos, obscenos de belleza hasta el amanecer.
Maitines.

Goab




Los poetas, lo imprescindible, las flores

"De lejos parecen como palabras pequeñas que se mueven despacio, pero de cerca sólo se pueden distinguir una serie de manchas grises, negras y blancas que rodean su piel. Su text"
Esta es la única parte de mi trabajo de ciencias que pude salvar del desastre. Cuando volví del parque de buscarles más comida ya se habían terminado todos los folios escritos de mi mesa y a la enciclopedia de consulta le empezaban a faltar los más importantes inicios y no parecían saciarse con nada.
No tuve más remedio que deshacerme de ellos, dejándoles trocitos de goma de borrar como cebo entre las páginas.
Y dio resultado, poco a poco fueron desapareciendo.


Ahí hay alguien que dice ¡ay!

El acomodador del cine encendió su linterna y un reguero de sangre apareció a nuestros pies. Seguimos el rastro que conducía hasta la pantalla. De repente, a nuestras espaldas, pudimos oir un crujido, un rechinar de dientes terrorífico. No sé de dónde sacamos el valor para darnos la vuelta, pero lo que vimos se repite desde entonces, todas las noches: Las butacas aparecen ocupadas con gente que disfruta comiendo palomitas, mientras nuestros gritos desesperados llenan la sala.
Pero parece ser que no nos oyen.

Arroba



Diente con diente

Mientras observo mi espalda desnuda en el espejo, comienza a recorrer mis vértebras desde abajo, una a una, lentamente…
Siento un escalofrío y cierro los ojos. Me tensa su contacto y para evitarlo pongo los dedos contra mi piel. Detesto los mordiscos de cremallera.


Despojada

El negocio de mi marido es próspero. Tiene una hermosa casa con gran jardín y un yate de larga eslora. En cuanto a mí, exceptuando que ahora me faltan los riñones, el hígado y el corazón, nunca me faltó de nada. Me quiso tanto que cuando inauguró su tienda le dio mi nombre:
CASQUERÍA SUSI: especialista en despojos

Ajenjo



Vienna Vegetable Orchestra

La batuta dio una orden circular y los músicos pelaron las cebollas. Sonó un chasquido largo y un soplo de aire frío recorrió las butacas. Después separaron las capas una a una y las colocaron sobre el escenario. Se escucharon los primeros gemidos. Al compás de dos por dos de la batuta picaron la carne del bulbo. Un enérgico gesto con los ojos fue la señal para sumergirla en aceite. Se pudo escuchar la agitación de nuestros pechos. El fuego pasó de moderado a lento, y se mantuvo así hasta que nuestro latido se acompasó con el tic-tac del metrónomo. La sensación de hambre creció en el auditorio y también el deseo de desnudar, capa a capa, al que estaba a nuestro lado. La carne de la mujer de mi izquierda era blanca y dulce, sus axilas exhalaban un olor fuerte y enervante, la oquedad de los muslos rebosaba de pequeños cristales húmedos. Y la sangre...
En ese preciso momento cesaron los movimientos de la batuta. Los que quedamos en pie aplaudimos satisfechos y con los ojos llenos de lágrimas. Pero aquel día no hubo bises.


El asalto

La he visto chincar una pichona. La oculta bajo su cóncavo, trantilia y ñusgosa. Nota que la deseo y sabe que me llega el fúmigo de su pecho bilbioso, pero cosquivanosa me escasea su cuerpo. Incitada por el calor de un zorzón de sol, se alisonga, desliza el descocote por el suelo y eleva sus rosadas nargulillas hacia mí. Ahora sí puedo ver el rosado pitipiqui y parte del rútilo. Me acerco despacioso, solsaldente, dispuesto al salto del tigre sobre lo que tan celitadamente me muestra. Casi la puedo asobiscar entre los muslos, pero vigila mis vaivengos y se asienta de nuevo impidiendo el probisco. Se relambe morugana y por un instante muestrea las garriscas. Después se alimotea. Parece una petralípide. Sé que piensa explumiar sola esa pichona. Así de ingrata es mi felina.

Bert




El armario

Cada noche salía de mi armario medio cuerpo de mujer. Lentamente se me acercaba con un cuchillo en la mano, casi rozando mi sien.
Con la luz del día emprendí una expedición al interior. Necesitaba saber. No la encontré pero, sin embargo, salí con dos camisas perdidas y mi orientación sexual clara.


Nadie compró filosas


Plaseciaba por el hipermercado, esa gran superficie górfica y de poco atálico. Empujaba su carrito distraída y, en un garcio de polo, sus ojos se posaron en un altibanco. "Guau" acertó a esgorciar, y sintió cómo le subía la boila a la tremara. Se puso colorada de pensarlo y milotelió desborada su carrito. A la vuelta de la esquina no pudo más, cidió la filosa y la reborció por todo su flebo, por el xirotilc. Lentamente, notando como cada vello de su zor se adesjaba poco a poco y cómo sus nolios se flasaban. Comenzó a selozar y, de pronto, sintió cómo varios pares de ojos la miraban descocinebados y soltaban con rostio sus filosas en los altimbancos.

Blanca





El desván

La niña por fin se decidió a abrir la puerta del desván. Se sabía sola en casa, y le pareció que esta vez alguien olvidó echar la llave. Al acercarse a la puerta, imaginaba las maravillas que le aguardaban al otro lado. De un solo movimiento, giró el pomo y tiró de la puerta. Se abrió fácilmente. Ahora sólo quedaba dar el paso y salir del desván para descubrir el mundo.


La memoria

Cada noche, una figura femenina salía de las profundidades de mi armario. Atravesaba la puerta arañando la madera, y se acercaba hasta mi cama. Recordaba haberla visto en alguna ocasión, pero no conseguía adivinar su identidad. Atemorizado, intentaba descubrir qué quería de mí, pero nunca contestaba. Sólo cuando pude volver a conducir fui capaz de situarla sobre el parabrisas de mi coche. Aunque no volví a verla, ya no soy capaz de olvidar.

Zenón




En picado

Cada noche sale de las profundidades del armario y viene a por mí. A veces guiña un ojo para colocar mejor su estocada y otras juraría que me mira irónicamente; creo que se regodea con mi desesperación. Aunque me protejo bajo la almohada temo que taladre mi cabeza. Pero quizá sólo sea una obsesión porque jamás noto su contacto. Sin embargo hoy he comprado un arma. La tengo muy cerca de mi mano. Solamente espero que aparezca para vaciarle encima todo el bote de flica.


Interruptus

Si lo hace con esa intensura se esfluchará antes de tiempo. ¿No ve que no tiritila?
Antes de vivilar el fuego debe aglundirlo con mimo, golerlo, badilarlo y dejar para lo último el introito. Hágame caso, doñito, dele al interruptus un miajo o el temblor de leche no gorgasmizará bien y se le saldrá la rebaba hasta por los ojotes.

Baralides



Exvoto

La niña tenía un vago recuerdo de una tarde de domingo en la que fue de visita a la Ermita cercana al pueblo. Su abuela le había dicho que iban a ofrecer la pierna de su padre. Lo que sí recordaba con claridad fue lo que hizo cuando volvió a casa: levantar las faldillas de la mesa para ver las dos piernas de su padre.



Descorazonada

Lo reconocí enseguida, era el corazón de Primigenia, mi vaca; mi sustento, mi única fuente de ingresos. No sabía cómo había ocurrido pero allí estaba, delante de mis ojos. Una parte hecha pedazos, otra todavía entera. Disculpen, ¿quién da la vez?

CAFÉ BÁR BAr A


¡Ay dios!, el calor a la puerta y yo con esta piel de naranja.






Extracto de las conversaciones de BárBara, lugar donde los talleristas escogen un seudónimo, critican, conversan, beben, observan, apoquinan y desaparecen:


Señorita Pérez dijo...
Buenos días. Póngame una infusión de hojitas de malva al aroma de hierbabuena. Y unas pastitas de té hojaldradas con incrustaciones de chocolate, amable mesonera.

Bárbara dijo...
Oy, oy, oy qué mona, una coquita Pérez. Veremos cuanto tardan en pisarla.

Señorita Pérez dijo...
Por favor, mesonera... que sin querer he derramado un poco de infusión sobre mi mesa, ¿podría usted pasarle la bayeta?

Bárbara dijo...
creo que haré como que no he escuchado. Le he prometido a la virgen no aplastar animalicos.
Aunque sean como esta cucamonas.

El jodido anestesista dijo...
Le va a importar mucho a la virgen que usted pise animalicos, ni que no tuviera ya bastante con lo suyo; a su edad y aún sin estrenar.
Déjense de mandangas que ustedes las mujeres son muy dadas a despellejarse entre sí.
Lo mío si es grave, imagínese que futuro puede tener un anestesista en una sala de autopsias...

Señorita Pérez dijo...
Huy, me ha llamado cucamonas. Qué poca sensibilidad tienen las de los pueblos.
Ande, póngame un martini con unas anchoas y déjese de chácharas.

Bárbara murmura...
Lo he jurao, lo he jurao, lo he jurao.

El cirujano de campaña dijo...
Póngame un güisqui, doña.

Bárbara dijo...
Venga, que estoy de buenas, si me suelta otro poemita se lo sirvo doble.

Don Pacífico dijo...
Eso, eso. Total, mientras nos llega la hora de morir ¿qué mejor que la poesía con un güisqui en la mano? ¿me permite acompañarle, joven?
¿Y usted, es poeta o romancista?

Señorita Pérez dijo...
A mí me ha tenido que echar algo la mesonera en la infusión de ayer porque no he podido espantar la mona hasta ahora mismo y resulta que ya es hora de irme a dormir otra vez.

El jodido anestesista dijo...
¡A ver si fue la rodaja de limón!
Qué joía esta Pérez. No me extrañaría nada que la mesonera acabe rompiendo el juramento y la incruste entre baldosa y suelo.

¡Psh! dijo...
¡Psh! ¡Moza! sírvame lo que tenga más a mano, que a estas horas todo vale.

Cirujano de campaña dijo...
Don Pacífico, amigo, yo no soy poeta ni romancista. Yo soy borracho. No escribo anda de nada, ¿para qué?

Don Pacífico dijo...
No, compañero, lo de romancista era ironía. Nada más alejado de un cirujano romancista de usted, querido amigo. Usted sabe latín.

Bárbara dijo...
Ay, dios, que están entrando en la etapa de la exaltación

¡Psh! dijo...
Psh! ¡Ña bárbara! amos hija, que pasota seré pero estoy aquí desde anoche y no me ve. Deje ya de empapar al matasanos ese,mujer. Entiéndame, que a mí no me importa, pero empápeme también una miaja, a ver si me sube el rango tamién. Amos, digo yo que es justo. Y ya de paso empape tamién a estos amigos, ña Barbarita, que tién baja la moral.

Bárbara dijo...
Pero mocoso ¿acaso has pedido lo que quieres?

¡Psh! dijo...
pos claro! ( Una de dos: o el matasanos la tiene embobá, o es miope como él)

Bárbara dijo...
Tienes razón, mocoso. He repasado mi libreta y tienes razón. Me has pedido. Toma la bayeta y ponte a limpiar, que esto es "lo que tengo más a mano"

Cirujano de urgencia dijo...
Doña, no sea así y póngale un trago a ¡Psh!

¡Psh! dijo...
Ña Barbarita sí que sabe. Gracias don urgencias pero la bayeta me vale bien para sacudirle los humos a los matatextos. No precisaba yo más de este bar (por ahora)

Don Pacífico dijo...
Vamos, vamos, señores, que este es un sitio de recreo. Doña Bárbara, ponga una ronda de cañas y unas olivitas ¿alguien desea otra cosa?

¡Psh! dijo...
Para mí otra bayeta, y para don Alimpio, que viene de manosear los desperdicios, una palangana de agua clara y despues... unas olivitas y una caña le vendrá bien.

Alimpio dijo...
Buenas, a todos. Señorita, buenas tardes.
Veo que llego a tiempo de tomar unas olivas. a su salud, Don Pacífico de la Serena, (es usted un mar de calma).
Bárbara, preciosa. Pon a estos señores lo que quieran y ya me dirás el día uno. Ale, que tengo que recoger unos menudillos que me dejé en el pasillo.

Bárbara dijo...
Eh, eh, tú, pardal, no tan deprisa, que me has prometido hace un mes arreglarme la cisterna y tengo el orinario empantanao. Ahora, o no te fio más. Tú verás.

¡Psh! dijo...
¿Qué se debe, Ña Bárbara?

Bárbara dijo...
Esta es por cuenta de la casa, para que no te vayas morrosco.

Señorita Pérez dijo...
Buenos días, buenos días, buenos días primavera.
¡Oh, qué bella mañana! Póngame mesonera un chupito de manzana.

¡Jodido anestesista! dijo...
Si la pava esta con una infusión queda fuera de combate durante dos días, con un chupito es capaz de transpasar el agujero de ozono.
Ande, mesonera, dele un guantazo.

Bárbara dijo...
Tenga, coquito, una mirinda.
Y usted, jodío bobo antenista, deje en paz a la mierda de la muchacha.


Don Pacífico dijo...
Buenos días, señoritas y caballero. Estoy gratamente sorprendido por tanta gente interesante y tan activa que se encuentra uno en cualquier sala de este taller. Sin embargo, no se incomoden ustedes si también les digo que me sorprende el lenguaje que utilizan, incluso delante de las señoritas.
En fin, uno no acaba de acostumbrarse a estas cosas.
Doña Bárbara, ¿tiene usted el Abc por ahí? es que me encanta leer en sus esquelas, ¿sabe usted?

Bárbara dijo...
Hombre, casualmente estaba embobada mirando ésta:

"En la paz del Señor ha muerto Don Melquíades Borregón, fundador de la fábrica de pastas La Industrial, situada en la calle del Colmillo, 101 (Teléfono 923 456 398). Venta al contado y a plazos. Exportación a provincias. Precios fijos. Se desean comisionistas. Su inconsolable viuda Doña Engracia Martínez Calacuerda le dedica este recuerdo."

Sí señor, más lista que un mandril la viuda. Tenga, buen hombre.