Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

(Andrés Neuman)

Ajenjo



Vienna Vegetable Orchestra

La batuta dio una orden circular y los músicos pelaron las cebollas. Sonó un chasquido largo y un soplo de aire frío recorrió las butacas. Después separaron las capas una a una y las colocaron sobre el escenario. Se escucharon los primeros gemidos. Al compás de dos por dos de la batuta picaron la carne del bulbo. Un enérgico gesto con los ojos fue la señal para sumergirla en aceite. Se pudo escuchar la agitación de nuestros pechos. El fuego pasó de moderado a lento, y se mantuvo así hasta que nuestro latido se acompasó con el tic-tac del metrónomo. La sensación de hambre creció en el auditorio y también el deseo de desnudar, capa a capa, al que estaba a nuestro lado. La carne de la mujer de mi izquierda era blanca y dulce, sus axilas exhalaban un olor fuerte y enervante, la oquedad de los muslos rebosaba de pequeños cristales húmedos. Y la sangre...
En ese preciso momento cesaron los movimientos de la batuta. Los que quedamos en pie aplaudimos satisfechos y con los ojos llenos de lágrimas. Pero aquel día no hubo bises.


El asalto

La he visto chincar una pichona. La oculta bajo su cóncavo, trantilia y ñusgosa. Nota que la deseo y sabe que me llega el fúmigo de su pecho bilbioso, pero cosquivanosa me escasea su cuerpo. Incitada por el calor de un zorzón de sol, se alisonga, desliza el descocote por el suelo y eleva sus rosadas nargulillas hacia mí. Ahora sí puedo ver el rosado pitipiqui y parte del rútilo. Me acerco despacioso, solsaldente, dispuesto al salto del tigre sobre lo que tan celitadamente me muestra. Casi la puedo asobiscar entre los muslos, pero vigila mis vaivengos y se asienta de nuevo impidiendo el probisco. Se relambe morugana y por un instante muestrea las garriscas. Después se alimotea. Parece una petralípide. Sé que piensa explumiar sola esa pichona. Así de ingrata es mi felina.