Dulce cuento para lactantes con ortodoncia
Un sudor frío me paraliza. Miro hacia la entrada desde el obrador y compruebo la causa. Son ellos. Entran puntuales, como todos los años en la víspera del día de difuntos, a solicitar los pasteles de celebración. Sólo se trata de dos niños de cabeza descomunal y ojos somnolientos, seguidos de su mamá, una mujer de enormes pechos, que se me antojan la respuesta al porqué de la macrocefalia y el adormecimiento de sus vástagos.
Siempre me ha inquietado ver cómo ella conserva el volumen y la tersura de los senos, en tanto que su rostro envejece de forma constante y demoledora. Pero lo que me empuja al borde de la locura, son esos dos seres, inmutables desde que los ví por primera vez. Ayer se cumplieron treinta años.
Cada uno de noviembre, abro la pastelería con la incertidumbre de si será el último en que pueda seguir manteniendo mi ya deteriorada y frágil cordura.
Hora porno bis
Fugaz, la mirada de Juana es atrapada por Veneranda en el refectomaralgo.
Callalpico el monasterio y la noche penetra violando todo resquicio. Juana aguarda sigilenciosamente en la quietud de la celda. Al fin, bis a bis, arropadas en sendas camisolas de fustán. Veneranda toca aquellos labios carnosos con sus dedos, que se abren lamitándolos. Bocas que se buscan con lascivia, muslos que se enredan sobre el escuálido jergón. Palpitrotando, los pechos rozan entre sí, con los pezones como avanzadura. Besa la hermana el vientre incómalo de la novicia que se extremelaza. Acaso Veneranda indague en el monte en busca de una flor que le abra sus pétalos, mientras la lengua de Juana explora clítasis y simas insondables.
Mantis voraces, sin son en sus jadeos. Lésbicas y febriles se van en canales de flujo que las empinga. Que lamen en tanto las adormece. Que sueñan que las excita.
Cuerpos desnudos, exhaustos, obscenos de belleza hasta el amanecer.
Maitines.
