Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.

(Andrés Neuman)

Pasteur




A que no te atreves

Sujetó la raspa entre el índice y el pulgar. Aún quedaba carne adherida pero venció la náusea. Su lengua tropezó con el filo aguzado de la espina y sintió el corte limpio y el sabor dulce de su sangre. Por fin llegó a la temida bilis, que llenó su boca de amargura. Delante estaban la carne roja e intacta y la piel brillante y salada. La lamió a contrapelo para despegar las escamas que lanzó una a una por su boca. La observó con tristeza hasta que dejó de moverse.
-Quieta, bonita, quieta -le susurró mientras le improvisaba con las manos una pecera. Era una hermosa sardina, pero le desenganchó el anzuelo, la lanzó al mar y devolvió el billete a las manos de su amigo.
-Tú ganas, galán, -le dijo- no soporto el pescado crudo.


Imitación de Cristo
(En edición, para amas de casa, resumida en tres pasos)

Caminar, a paso lento, sobre las aguas heladas del río para lavar la ropa o las tripas del cerdo.
Abrirse paso entre una maraña de objetos arrojados al suelo y sacarle, con sólo mirarlo, los demonios del cuerpo al hijo enrabietado.
Resolver, a paso ligero, el problema de tener cuatro bocadillos de sardinas para sus hijos y que el pequeño se presente de improviso con cinco amigos a merendar.