La incineración
Catalino poseía el don de sanar a las personas quemadas. Con un soplido sobre la piel, desaparecía el ardor y las lesiones curaban sin dejar cicatrices. Aquel día, el más triste de mi vida, lo llamé a causa de mi hijo. Catalino en un primer momento se negó, argumentando que su don no serviría en este caso. Mi llanto de madre desesperada lo convenció. Llegó al lugar en donde toda la familia esperaba desgarrada. Se inclinó sobre el cuerpo sin vida de mi niño, y sopló sobre su piel. Más tarde, marchábamos todos en procesión, yo iba delante llevando la urna con las cenizas.
El artista
El niño había escuchado en la conversación de sus padres: “el mundo es un pañuelo”. Buscó uno blanco y lo pintó, se sumergió en sus aguas, nadó hasta el continente, allí conoció a su pareja, dibujó una casa, compartió su mundo y, ya anciano, lo encontró la muerte.
Los padres no dejan de buscarlo, removiendo cielo y tierra. En su habitación, sobre el escritorio, el pañuelo blanco.
